Presbiterio

Comenzaremos nuestra exposición con una mirada a la cúpula del presbiterio, cubierta en los años 1728 a 1730 con frescos del famoso pintor barroco Wenceslao Lorenzo Reiner. Representa escenas de la leyenda del apóstol Tomás:

  1. El interior de la cúpula está adornado con una majestuosa Aparición de Jesucristo a Tomás y los apóstoles, y está relacionada con el evangelio de Juan, 20:24–29. En las albanegas se aprecian alegorías de los cuatro continentes.
  2. En el arco del presbiterio, el primer fresco muestra la misión de Tomás en India. A este apóstol se lo considera primer misionero en el subcontinente índico.
  3. Otro fresco capta el episodio de los Apóstoles ante la tumba vacía de María. Considerado por muchos expertos el mejor, es un estudio de la variedad del lenguaje corporal que tanto gustaba a los artistas barrocos. La leyenda dice que Tomás llegó – tarde, como siempre – después del entierro de María, madre de Cristo. Los apóstoles pidieron que se abriera la tumba para poder verla por última vez, pero, para su asombro, encontraron la tumba vacía llena de flores al tiempo que la propia Virgen ascendía sobre la tierra en toda su belleza.
  4. En el último fresco se muestra el Martirio de santo Tomás. Según la leyenda de su muerte, Tomás provocó la ira del gobernante local, cuyo dinero utilizaba para ayudar a los pobres de aquella tierra.

Los frescos de la cúpula de la nave del templo, obra también de W.L. Reiner, son un homenaje al segundo patrón de la iglesia y padre de la orden agustiniana, San Agustín de Hipona (†430). El artista captó varios episodios de su vida en este orden (comenzando por el Oeste):

  1. Agustín bautizado por San Ambrosio. El bautizo se llevó a cabo en Milán el 24 de abril de 386. El escudo en el intradós del arco pertenece a los Habsburgo de Austria.
  2. Agustín defiende la verdad de la fe. Sin óbice de su larga carrera de sacerdote y obispo, Agustín fue un enconado defensor de la fe católica contra sus enemigos, representados aquí por Donato, Pelagio y Mani. El escudo en el intradós del arco pertenece al Reino de Bohemia.
  3. Agustín lava los pies de Cristo. Según la leyenda, Jesús se apareció como viajero pobre y Agustín, al lavar los pies de su recién llegado huésped (antigua costumbre), se da cuenta de que tiene al Hijo de Dios bajo su techo. Bajo este fresco se encuentra una inscripción latina que se puede traducir así: «Oh, Gran Padre Agustín, hoy has podido ver al Hijo de Dios con tus propios ojos, te confío mi templo». El escudo en el intradós del arco pertenece al Reino de Hungría.
  4. Agustín, padre de la vida conventual, aparece representado con sus discípulos. Bajo el hábito del santo se muestra gran cantidad de sacerdotes, monjes y caballeros que siguieron la regla de Agustín. Hoy hay más de 140 órdenes y hermandades de hombres y mujeres de esta familia espiritual, los cuales sirven a la sociedad católica en todos los continentes del mundo desde hace 1600 años. El cuarto y último escudo es el del Sacro Imperio Romano, donde gobernó el rey Carlos IV, que a menudo rezaba en el templo de Santo Tomás.
  5. El quinto y último fresco está en el centro del templo, y muestra la Apoteosis de San Agustín. Hallado «sabio y prudente servidor del Señor», Agustín es conducido al reino de los cielos.

Dominan el altar mayor dos alargadas copias de las obras de Pedro Pablo Rubens Encuentro de San Agustín en la orilla del mar (el santo se encuentra con un ángel que le enseña la vanidad de querer comprender el misterio de la Santísima Trinidad) y el Martirio del apóstol Santo Tomás. Los originales comprados al artista en Amberes en el año 1637 por el prior Jan Svitavský, O.S.A. e instalados dos años depués, fueron arrebatados al templo en 1921 y no se han vuelto a recuperar. El altar, construido en los años 1730–1731 por el carpintero Kristián Kovář, tiene nueve estatuas exentas rodeadas por otros dos ángeles. A la izquierda hay una gran estatua de San Nicolás de Tolentino, «el agustino que hacía milagros», señalando las estrellas de su pecho y mirando atentamente el tabernáculo que corona una imagen de la humilde Inmaculada, madre de Jesucristo, en actitud rogante. A la derecha se encuentra una estatua del sacerdote agustino español San Juan de Sahagún, que a su vez observa el tabernáculo y que sostinene un cáliz, símbolo de la fe católica en la presencia real de Cristo en la comunión. Estas tres estatuas fueron creadas por Andrés Felipe Quittainer (†1729), escultor checo y maestro de Fernando Brokoff (†1731).

A cada lado del tabernáculo hay tres estatuas menores. A la izquierda, de arriba abajo, están las estatuas de San Agustín, Santa Mónica y San Vito, a la derecha, de arriba abajo, están las estatuas de San Adalberto, Santa Ludmila y San Wenceslao. Las encargó en un principio la condesa Helena Martinicová, de soltera de Vřesovice, como modelos para estatuas de plata, las cuales, de acuerdo a su última voluntad, deberían ser creadas por algún artista local praguense. Desgraciadamente, no se pudo hallar ningún escultor adecuado, así que el trabajo se realizó en Ausburgo. A mitad de la negociación sobre las estatuas, la condesa murió (22 de agosto de 1682), y su deseo original se olvidó en los años de conflictos bélicos entre Turquía y los Habsburgo. 40 años más tarde, en 1720, el prior Tadeo Bäuml, OSA, intentó una vez más realizar la última voluntad de la condesa, pero tampoco él lo consiguió. Al final, Kiliano Ignacio Dientzenhofer, arquitecto del templo, con habilidad para estos importantes detalles, le propuso al prior Serafín Meltzer que empleara a Fernando Brokoff. Este era famoso como excelente artista gracias a su trabajo en el Puente de Carlos. Fue el primero en dar forma a seis estatuas menores y con una velocidad ejemplar acabó las últimas tres (San Agustín, Santa Mónica y Santa Ludmila) poco antes de morir el 8 de marzo de 1731. Ignacio Miller, discípulo suyo, terminó las tres restantes, con lo que se instalaron todas (para innegable alivio de todos los involucrados) en el altar mayor en mayo de 1731. En el suelo, delante del altar mayor, se encuentra la cripta de los Lobkovic con fecha de 1713.

En la parte izquierda del presbiterio, junto al altar mayor, se encuentra el altar de San Sebastión, soldado y mártir, creado en el año 1767. La pintura del altar es trabajo de Bartolomé Spranger (†1611), artista renacentista belga, reconocido pintor de los emperadores Maximiliano II y Rodolfo II. A ambos lados del altar hay estatuas de San Roque y San Carlos Borromeo, bajo el altar está representada Santa Rosalía descansando, a quien se invocaba sobre todo en épocas de peste, suceso bastante frecuente en el siglo XVIII.

El altar vecino, erigido en el año 1730, está dedicado a la Santísima Trinidad. El cuadro original, pintado en 1644 por Carlos Škréta (†1674), se encuentra hoy en el templo praguense de San Enrique, y hace sombra a sus otras obras maestras, como son la Crucifixión del templo de San Nicolás (en Malá Strana) y la Vida de San Wenceslao, en el convento agustiniano de Santa Catalina (Praga – Nové Město). Las estatuas monumentales de Atanasio de Alejandría y de San Gregorio Nacianceno, típicas del «arte barroco triunfal», despiertan el recuerdo de estos dos teólogos griegos que en sus trabajos defendieron a enseñanza de la Santísima Trinidad y de la divinidad de Cristo. En el altar se encuentra también entronizada Nuestra Señora de Guadalupe.

En el lado opuesto del presbiterio se encuentra el altar de la Ascensión de la Virgen María, cuyo cuadro principal pintó Carlos Škréta en 1644. La voluta de encima del altar muestra La última cena del Señor, que es un recuerdo de la Hermandad del Sagrado Cuerpo del Señor, la cual, antes de ser prohibida por el emperador José II, fue una de las hermandades eclesiásticas más antiguas de Praga. En un principio fue aprobada por el papa Gregorio XIII, más tarde confirmada por el papa Sixto V, en 1588, y Clemente VIII, que de hecho estuvo inscrito como miembro. A esta hermandad pertenecieron abundantes personalidades, como el emperador Rodolfo II y el emperador Fernando III (†1657). En la vitrina podemos ver una estatua de San Agustín.

El último altar del presbiterio, del año 1767, está consagrado a San Roque, patrón de los débiles e inválidos. La pintura titular del santo con un ángel es un trabajo de Francisco Javier Palek. Las dos estatuas, cradas por Ignacio Miller, son representaciones de la santidad de Cosme y su hermano Damián, que fueron llamados «doctores sin dinero» por su ayuda a los enfermos sin pedir nada a cambio. Es precisamente por las peticiones de santa curación que estos altares fueron muy populares: en las épocas de epidemia, acudían compungidos suplicantes y, en caso de haberse curado, agradecidos creyentes. La columna de la peste que se levanta frente al templo de San Nicolás de Malá Strana es un recuerdo de la temida epidemia.

El muro del presbiterio está abierto por ocho ventanas cubiertas de rejas con ornamentación de cintas que fabricó e instaló Matías Pucher en el año 1731.