La biblioteca conventual

La biblioteca se creó poco tiempo después de la fundación del convento. Según la crónica conventual, ya en 1289 existían un gradual y un antifonario de gran formato (grandis voluminis). Hacia comienzos del siglo XIV se fundó en el convento de Santo Tomás el studium generale para la Provincia de Bohemia y Baviera, lo que exigió el material de estudios correspondiente – en esta época, la biblioteca tenía 45 libros, principalmente de liturgia. El arzobispo de Praga Ernesto de Pardubice donó otros manuscritos y después sobre todo el canciller de Carlos IV, Juan de Středa. En 1368, antes de su viaje a Italia, precisamente en función de canciller del emperador, cedió al convento sus manuscritos: 32 volúmenes, sobre todo de teología, pero también dos volúmenes de Séneca, un volumen de Livio y otro de Dante. En el año 1409 se inventariaron los fondos de la biblioteca: 127 volúmenes; en 1418 fueron añadidos por el bibliotecario Juan de Dobrovice otros 154 volúmenes. Aparte de esto, en la sacristía se guardaban otros 48 libros litúrgicos, en parte regalo del arzobispo Zbyněk Zajíc de Házmburk. De esta manera, se formó una biblioteca muy rica para su época. Sobrevivió la tormenta husita gracias a que fue trasladada a lugar seguro. Al convento volvió probablemente en el año 1497. Sobrevivió también a la maldición de los grandes incendios de 1503 y 1541.

La siguiente mención data del año 1603, cuando se erigió una estancia especial para la biblioteca para la que colaboró el emperador Rodolfo II con la cantidad de 100 monedas de oro. En esta época, la biblioteca contenía ya unos 5000 volúmenes. En el mismísimo final de la Guerra de los Treinta Años llegó el desastre. En 1648, el general sueco Königsmark se llevó a Estocolmo la práctica totalidad de los manuscritos y muchos impresos, lo que supuso una pérdida irreparable a pesar de los regalos de los años siguientes.

La comunidad dedicó a la biblioteca un gran cuidado durante el siglo XVIII. El P. Jerónimo Ebenauer se trajo de su viaje a Roma en el año 1700 gran cantidad de libros; el P. Benigno Sichrovský, escritor él mismo, consiguió otros volúmenes; más adelante, el P. Miguel Mareschl y sobre todo el P. Cosme Schmalfus, quien se encargó también a finales del siglo XVIII de la ordenación sistemática de los libros por especialidades. Un catálogo manuscrito encuadernado fija el estado de la biblioteca en esta época: contaba con más de 10.000 volúmenes, depositados en estanterías talladas barrocas.

A lo largo del siglo XIX los incrementos ya fueron menores, y se conservó el sistema de ordenación de la época anterior. En 1897, gracias al provincial P. Alipio Tonder y al bibliotecario P. Mauricio Křídla, se remodelaron los espacios de la biblioteca y se limpiaron y revisaron los libros. Se encontraron aproximadamente 19.000 volúmenes. De entre los manuscritos destaca el Codex Thomaeus, de principios del siglo XV, que contiene copias de documentos importantes, inventarios de propiedad, listados de objetos de culto y dos catálogos de la biblioteca, de los años 1409 y 1418. Además estaban depositados en la biblioteca 153 incunables, los más antiguos de los cuales son el Rationale divinorum officiorum de Guillelm Durand de 1478 o los Sermones de tempore et de sanctis de Alberto Magno, de la misma época. Es también interesante la edición completa de los escritos de Martín Lutero del año 1555. La Historia es lo más numerosamente representado después de la Teología, seguidas de Filosofía, Matemáticas, Física, Medicina o Astronomía.

La clausura del convento en 1950 afectó sensiblemente también a la biblioteca. La Biblioteca Nacional se hizo cargo de ella en la llamada «acción conventual»: los volúmenes más valiosos fueron a parar al Klementinum de Praga, los manuscritos al Archivo Estatal Central. En la actualidad se está en tratos sobre la restitución de la biblioteca.