El convento en el siglo XVIII, la remodelación barroca

A comienzos del siglo XVIII, este monasterio praguense colabroró en el enriquecimiento del ornamento barroco de Praga. Es en esta época cuando comienza la decoración con estatuas del Puente de Carlos, a la cual contribuyó el convento de Malá Strana con dos estatuas de sendos santos de la orden. El 27 de agosto de 1708 se instaló la primera estatua de San Agustín y el 8 de setiembre del mismo año la de San Nicolás de Tolentino. La iniciativa partió del provincial Wenceslao Pelikán y del P. Christian Mitis, ex asistente del prior general de Alemania.

El año 1713 estuvo marcado por la última gran epidemia de peste en Bohemia. El convento tomó ciertas medidas frente a la infección. Los profesos que eran alumnos de teología fueron trasladados al convento de Pivoň, los de filosofía al convento de Dolní Ročov. Los clérigos ayudaron una vez más a los enfermos, en esta ocasión con gran sacrificio: el 10 de septiembre murió el P. Felipe Blovský, y el 1 de diciembre el P. Severino Schreiber.

Poco a poco se fue imponiendo la cuestión de la reforma de la iglesia. En julio del año 1723 cayó un rayo en la torre del templo, atravesó la bóveda de la iglesia y mató a un hermano lego. La bóveda amenazaba con caerse, así que fue provisionalmente afirmada con vigas de hierro donadas por la condesa de Thun. El año siguiente fue necesario arreglar la bóveda de la biblioteca y se arregló también la parte del claustro frente al palacio de Felipe Lobkovic. Comenzó una disputa sobre la anchura de la calle, y el convento terminó por ceder. Pero todavía en 1728 estalló una nueva disputa, al considerar el arquitecto un cambio en el oratorio de los clérigos, unido con el palacio de Lobkovic por un pasillo elevado.

La reforma general de la iglesia no podía esperar, y se encargó de ella el prior Serafín Melzer. El dinero necesario se consiguió de una forma muy particular. En el año 1722, el escultor Andrés Felipe Quittainer realizó los moldes en madera de seis grandes estatuas para el altar mayor, que a continuación vació en plata el orfebre Leopoldo Lichtenstoff. Los gastos se sufragaron con la gran donación de la condesa Elena Bárbara de Vřesovice, viuda del que fuera virrey antes de la batalla de la Montaña Blanca, Jaroslav Bořitov de Martinice: esta asignó al convento en 1678 una casa en la calle Celetná, una custodia y, sobre todo, 29.250 monedas de oro. Hubo que fundir las estatuas en 1729 y el convento recibió 11.749 monedas de oro con que financiar las actividades de construcción. Se eligió como arquitecto al más destacado representante del barroco checo, Kiliano Ignacio Dientzenhofer. Este debía juzgar el estado arquitectónico general de la iglesia, que tenía también alterada la estabilidad. El constructor trazó unl plan de remodelación excesivamente amplio, para el que el convento no tenía recursos suficientes, por lo que las obras de reforma se llevaron a cabo a menor escala: Dientzenhofer debía decorar la constucción existente y – al parecer solo según un acuerdo de palabra – remodelar el frontón de la iglesia. El 26 de abril de 1727 se firmó un contrato por la cantidad de 8300 monedas de oro que, efectivamente, el convento pagó en mayo del año siguiente.

En abril de 1728 comenzó otra reforma igual de grande, terminada en 1731. Dado que la disposición básica de la basílica de tres naves no podía ser alterada, el arquitecto se concentró en las bóvedas y ornamentos de las paredes. Al mismo tiempo, hubo de resolver la cuestión de la estabilidad de los viejos muros. El presbiterio fue abovedado con un cúpula con claraboya, y también la nave central recibió una nueva bóveda. Las paredes fueron divididas con pilastras compositivas que sostenían el dintel con su moldura ricamente perfilada. Las galerías sobre las naves laterales quedaron como eco de las reformas renacentistas. Los trabajos continuaron a pesar de las complicaciones parciales (disputas con Lobkovic); el 8 de diciembre de 1729 se consagró la nave y el 24 de agosto de 1731 el presbiterio.

La fachada de la portada occidental – la principal – planteaba un problema al arquitecto: cómo resolver el pequeño campo de visión del espectador desde la estrecha callejuela. La portada está concebida de una forma muy plástica, con imponentes columnas y molduras, de forma que la visión desde abajo es muy impresionante. Tanto aquí como en la parte meridional de la iglesia se mantuvieron los portales tardorrenacentistas con puertas barrocas de los años 1727-28. Sobre ellas hay nichos con estatuas de San Agustín y Santo Tomás, obra de Jerónimo Kohl del año 1684. Dientzenhofer también erigió una nueva entrada al claustro por la izquierda desde la portada occidental de la iglesia y reparó el claustro, en el que el picapedrero José Lanenmann colocó un embaldosado nuevo en los años 1743-45. Por el contrario, la única torre de la iglesia – la septentrional – se quedó con su carácter gótico.

En la decoración del interior de la iglesia participó una serie de destacados artistas del barroco checo. De épocas anteriores, hay que mencionar a Carlos Škréta. Casado en la misma iglesia en 1645, realizó para ella cuatro pinturas: una Santísima Trinidad, una Ascensión de la Virgen, un Santo Tomás de Villanueva y un San Nicolás de Tolentino. En el año 1693, Juan Jorge Heintisch pintó en la parte de atrás del armario del órgano un Cristo. Tras la remodelación de Dientzenhofer, en 1728, otro destacado pintor, Wenceslao Lorenzo Reiner, cubrió la bóveda de la iglesia con frescos de episodios de la vida de San Agustín y Santo Tomás, por los que recibió en 1730 1500 monedas de oro. Para terminar, no ha de olvidarse a Francisco Javier Palek, que creó en 1767 el cuadro de San Roque.

En los trabajos de escultura y ebanistería colaboraron otros creadores destacados. Junto al mencionado A. F. Quitainer, están Fernando Maximiliano Brokoff, que realizó las seis estatuas de santos del altar mayor, así como Francisco Ignacio Weiss, Antonio Quitainer e Ignacio Platzer. De gran valor artístico es también el amueblado de la sacristía: armarios tallados a todo lo largo de las paredes, de 1622.

El órgano sufrió numerosas reconstrucciónes. En 1668, Matías Keller y Juan Enrique Mundt (constructor del órgano del Templo de Týn, en la Plaza de la Ciudad Vieja), construyeron una nueva máquina de 1242 tubos. El órgano fue reformado de nuevo en 1730 por el organista de Loket, Juan Francisco Fassmann.

De la torre de la iglesia colgaban cuatro campanas. La más singular de ellas era la campana de 1541 que había fundido el famoso campanero Brikcí de Cimperk. Por desgracia, fue incautada y destruida durante la I Guerra Mundial. Las campanas dedicadas a Santa Mónica y San Agustín fueron obra del campanero praguense Leonardo Löw en 1652, la cuarta campana la donó en 1721 Ana Margarita Retzová.

La crónica conventual menciona en el año 1730 incluso el «personal» que se hallaba en la iglesia: seis mujeres pobres que mantenían la limpieza de la iglesia, el sacristán y su ayudante, cuyas tareas eran adornar el altar y cuidar de la asistencia a las misas de fundación y a las oraciones. El templo contaba también con «musici figurales», un maestro de coro con los cantantes e instrumentos necesarios. Sin embargo, la música para los entierros la proporcionaban músicos de Malá Strana bajo la dirección del sochantre de la parroquia de San Wenceslao.

A lo largo del siglo XVIII, tanto la iglesia como el convento fueron adquiriendo su aspecto actual. La iglesia es a su modo un conjunto arquitectónico único, en el que se compenetran y complementan sin solución de continuidad tres épocas de la arquitectura: el Gótico, el Renacimiento y el Barroco.

También durante las llamadas Guerras de Sucesión Austríacas sufrió el convento un destino dramático. Durante el sitio de Praga por las tropas prusianas en 1757, los sitiadores bombardearon indiscriminadamente la ciudad. La iglesia y el convento recibieron 42 impactos de «bolas de fuego», la cúpula fue alcanzada dos veces, pero hubo suficiente material y gente a mano para luchar contra el incendio, de forma que no llegó a haber mayores daños.

Los siguientes siglos se dedicaron ya a los arreglos y el mantenimiento. Durante la gran renovación de 1910 se mostró la necesidad de cambiar algunos elementos de piedra, pero no se afectó el aspecto del edificio. Al igual que los demás conventos, en 1950 también Santo Tomás fue clausurado, los frailes expulsados y el monasterio transformado en asilo de ancianos con amplias modificaciones interiores. La siguiente etapa de reforma, en los años 70, afectó solo a la iglesia, el edificio del templo pasó por la última remodelación minuciosa (incluido el cambio de la armadura del tejado, afectado por hongo de la madera) después de 1990.